EL SENTIDO QUE SE PIERDE
Por Alejandro Hijo de Alcayna.

Durante la vida, la mente de un hombre sufre millones de impactos. En la niñez todo nos asombra, se vive en un continuo gozo, y excepto en los momentos en los que la necesidad requiere toda la atención de la mente: hambre, sueño, dolor, etc. El niño parece estar en otro mundo por completo diferente al que vivimos, observando y disfrutando de todo. En cambio, y obviando las enfermedades del cuerpo, ¿por qué a medida que envejecemos todo nos satisface menos, hasta el punto de no satisfacernos nada? ¿Qué diferencia fundamental hay entre la mente de un niño y la de un anciano, dentro de nuestra sociedad? ¿Qué es aquello que se pierde? A mi entender hay pocos temas tan serios como este, porque si llegan a comprenderse estas cosas se terminarían muchos problemas en el mundo: la vida sería un deleite de principio a fin.
La mayor diferencia entre ambas mentes consiste en que el niño anda comprendiendo a cada instante. Aún no tiene conocimientos adquiridos, todo lo que puede hacer es observar y comprender, por ello la mente se halla en ese estado indescriptible al que se accede durante los instantes de comprensión, es decir, mientras actúa la inteligencia.

aprendiendo constantemente sin dar nada
por hecho.
A medida que se aprende, la memoria se expande, se van acumulando conocimientos, y hasta ahora todo va bien: nadie ha interferido entre el niño y su compresión porque aún no sabe hablar; no obstante, ese día llega. En el momento en que el niño empieza a hablar, a tener una movilidad independiente, entonces comienza la lluvia de ideas ajenas: come así, eso no se dice, eso no se hace, esto es bueno, aquello malo, etc.
El problema no está en comunicarle que el fuego quema, esto es evidente, es necesario enseñarle el conocimiento técnico, debe aprender usar los cubiertos, a escribir, y ese tipo de cosas que son útiles para cualquier individuo, ahora bien, ¿de qué le sirve a uno saber que es español, o cristiano, o de derechas, o de tal equipo, o partido…? Pero estas son cosas que también están en el ambiente y de las que nadie nos previene como con el fuego o el cruzar la calle. Más bien cada cual tira de la mente del individuo en un intento de arrastrarla a su terreno con todo tipo de chantajes emocionales: el juego del premio y el castigo, seguimiento de tradiciones y horarios; resumiendo: culto por la obediencia y la imitación.
De todo esto quieren escapar, y pasan horas viendo la televisión, donde una cuidadosa selección de vendedores compulsivos, adictos al beneficio y asesorados por psicólogos y psiquiatras que han malentendido su profesión, intentan convertir la mente de los consumidores en un bucle basado en comprar-tirar-comprar, persecución del placer, y negación del sufrimiento.


En poco tiempo, la mente gozosa y risueña que se limitaba a comprender sobre la marcha, se halla envuelta en un sinfín de problemas de los cuales desconoce la solución: el de dios, el político, el jerárquico, la escuela por obligación, la crueldad de algunos… Y la mente, ataviada con tanto problema creado pierde su cualidad de comprender por sí misma como antes. De este modo nos habituamos la tutela y a la creencia en todo tipo de dogmas que, tarde o temprano, traerán conflicto a nuestra vida por la inevitable fricción que habrá con del resto de doctrinas ideológicas o apegos sentimentalistas a los que se acojan los demás.
Esto no quiere decir que la creatividad se apague para siempre en el individuo, sin embargo, sí que lo ha hecho en el campo psicológico o en gran parte de este, pues la mente ya tiene unas ideas más o menos fijas, y a menos que el individuo medite sobre estas cuestiones, su mente se tornará cada vez más rígida, más segura en su dogma, o lo que es lo mismo, más identificada con la idea, y esta tendencia desemboca muy a menudo en el fanatismo o en el fundamentalismo ideológico.
Como he dicho, la inteligencia no queda bloqueada para la totalidad de la vida, el pintor la usa en su quehacer y la llama inspiración, el científico en su campo y lo llama fruto de la investigación. De modo que cada mente se fragmenta y siente debilidad por un solo campo de la vida, por un solo fragmento, y desde ese fragmento, donde en ocasiones percibe, a modo de destello, la luz de lo inmensurable, intenta organizar el mundo o la realidad, y así se vuelve un especialista o virtuoso dentro del fragmento, condición que por cierto goza de gran reconocimiento social, de hecho, es lo único a lo que parece factible aspirar en la vida, pero solo lo parece.
Es un hecho que de niños todo nos impresiona y comprendemos a cada instante lo que es la vida, pero a medida que crecemos quedamos más expuestos al ambiente social y a la creencia en ideas, porque si no las aceptamos, si no obedecemos, la sociedad nos margina -aunque a quienquiera que vea la verdad de esto no le importará el estar al margen de una sociedad en constante conflicto y desdicha- y entonces, en lugar de comprender de instante en instante esto a lo que llamamos vida, nos quedamos absortos en uno o varios fragmentos de la vida, quehaceres que hacemos sin fin alguno, eso a lo que llaman vocación; vicios y entretenimientos… Pero la mente de un niño nunca se detiene demasiado tiempo con nada, cada momento, cada contacto con la realidad, es un nuevo deleite, un nuevo asombro, así es capaz de comprender, e incluso de resolver situaciones sin recurrir a la memoria, es capaz de crearla ahora.

Cuando crecemos tratamos de repetir ese deleite mediante la metodología de la experiencia anterior, y entonces la mente queda presa en de este, y así surgen el deseo y la persecución del placer: la mente quiere repetir ese estado de felicidad por así llamarlo, y en su intento de búsqueda de la antigua experiencia, instrumentaliza el quehacer: lo usa como una palanca con la que llegar a aquello; ahora vive del recuerdo, por lo tanto deja de comprender de instante en instante, y convierte a un simple recuerdo o experiencia, de placer o de dolor, en algo inmenso, en algo a lo que dedicar la vida.
Así tienen lugar en la mente el vicio y el miedo, factores determinantes para el resto de la vida mientras no se comprendan, en el sentido de que la mente perseguirá todo aquello en lo que encuentre placer (ya conocido) y, evitará todo aquello que le cause dolor o temor, donde queda incluido lo desconocido, e inevitablemente comienza la búsqueda de seguridad: en la propiedad, en ser un erudito, en ser un beato, en ser un político importante; es decir, en la búsqueda del poder que garantice sus exigencias, pero esta búsqueda es interminable. Y cuando se empieza a subir una cuerda hay que seguir haciendo fuerza para no caerse aunque no se quiera ascender más.
De modo que la mente nunca tiene descanso y paz, porque a mayor estatus social, mayor es la sensación de inseguridad, de vértigo, y por lo tanto mayor la búsqueda de lo mismo, con lo que ya no importa ni la vida, ni las personas, ni las relaciones. Ahora hay un centro que ha esclavizado a la mente, que le exige trabajar todo el tiempo para llevar a cabo sus expectativas, sus ilusiones, o más bien las que otros le exigieron.
Como es lógico a todos nos llega la hora de la muerte, sin embargo, no creo que esta sea más que la muerte del cuerpo y de las tonterías, apegos e identificaciones ilusorias que uno ha acumulado durante su existencia, porque la vida para la mente murió ya en la niñez, cuando la tiranía de la tradición y los apegos psicológicos, debida y deliberadamente instalados en su pensamiento, ocuparon el lugar de la inteligencia como fuente de sabiduría y como modo de entender la vida. Lo cual no impide su total renovación mediante la identificación de patologías sociales o culturales instaladas en uno mismo.

Durante milenios se ha hablado y se ha escrito sobre la libertad, pero la palabra libertad no es nada sin su experimentación. La libertad es ese estado en el que se encuentra la mente joven, la mente que observa y no retiene para sí, pero las ideas y el pensamiento del hombre la han convertido en una palabra, en un concepto, e incluso en una meta. Ese estado de la mente que no tiene prejuicios, en el que todo aprende por sí misma, en el que no da nada por sentado ni proyecta el futuro, sino que acepta y vive el instante presente, ese estado, bien podría ser a lo que llaman iluminación, dios, la verdad de la vida, la libertad; y ser mucho más grande y absoluto que cualquier idea o concepto que el hombre y su pensamiento hayan creído oportuno asignarle. Porque el cómo llamemos a las cosas es lo de menos, lo que importa es como las sintamos dentro. No obstante, todo aquello que sintamos en lo que haya búsqueda de un fin, de una sensación, eso solo es fruto del pensamiento, porque a ese estado de la mente no se lo puede buscar o invitar, solo está cuando no está el pensamiento, que ansía, desea, y solo es capaz de proyectar fines conocidos (pasados) en el tiempo y llamarlos futuro: ¡Profetiza! Solo así es capaz de andar, ciego a todo camino que no prometa conducirle a su meta. Pero una mente sin miedo ni meta puede ver ahora sin plan alguno. Solo si cesa la búsqueda de seguridad puede llegar lo otro.
– Maestro. ¿Es la vida compleja o sencilla?
-Depende del punto de vista.
-¿y si no hay punto de vista?
-Entonces solo es… ¿ Qué loco osaría ser maestro del ahora?
